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¿Alguna vez te has preocupado durante toda la noche y descubierto por la mañana que te encuentras en exactamente la misma situación que la noche anterior, excepto que con más sueño y cansancio?
A pesar de haberte preocupado toda la noche, no resolviste nada, no aprendiste nada nuevo ni conseguiste nada, excepto una jaqueca quizás. Dios nos otorgó la capacidad de preocuparnos para ayudarnos a evaluar los riesgos que se nos presentan y para planear las medidas necesarias a tomar para poder resolverlos. Si solamente te preocupas y no tomas medidas, te encontrarás eternamente en un círculo vicioso.
Para aprender a dejar de preocuparte, es necesario que reconviertas tu forma de pensar. Al igual que entrenas la posición de tu cuerpo y tus músculos para aprender a jugar al golf, puedes entrenar a tu celebro para que lidie con los problemas. Sin embargo, cuando una preocupación está por atrapar tu mente por completo, tienes un segundo para rechazarla. Si flaqueas durante esos primeros segundos, esa preocupación extenderá sus tentáculos y se multiplicará en muchos otros problemas. Agárralo desde el principio. Tú puedes romper una ramita con facilidad, pero es más difícil romper muchas juntas.
Cuando te sientas preocupado, sal de la cama, aunque sea a mitad de la noche. Haz algo físico por cinco minutos, como subir y bajar la escalera, unas flexiones de brazos, estírate, canta o silba. Después siéntate en el escritorio y escribe el problema que te aqueja. Escribe tres acciones que puedas realizar para solucionarlo. Presta atención a la prontitud con la cual puedes llevar a cabo dichas acciones.
Piensa en algo positivo y que refuerce tu confianza en ti mismo, como “Las soluciones positivas vienen hacia mí. Podré resolver este problema". Mírate como una persona que tiene todas las capacidades para salir airoso del desafío. Sóplate las manos y dite a ti mismo, "Mi problema se ha ido", y vete a la cama. Y a la mañana siguiente, lleva a cabo las tres acciones que escribiste.
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