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Para la mayoría de las personas las emociones son algo misterioso e incomprensible. No solemos confrontar nuestras emociones, ya sea porque nos producen dolor o desagrado, por el temor a sufrir o por el miedo a no poder controlarlas. Así, preferimos evadirlas reprimirlas o esconderlas. Lo malo es que cuando no reconocemos nuestras emociones, Las almacenamos y al hacerlo, se transforman en rencor, en egoísmo, en envidia, en maldad, en venganzas y probablemente en tumores. La realidad es que las emociones son útiles herramientas de supervivencia, a través de las cuales podemos evaluar la importancia de las cosas. El miedo sirve para evitar situaciones de riesgo. La ira, para encontrar el valor las cosas que no nos gustan. El dolor para tomar conciencia de que algo nos está haciendo daño y poder salirnos de ello. La primera escuela de emociones es la familia, ya que en la intimidad familiar aprendemos a reconocer como nos sentimos respecto de nosotros mismos, como reaccionan los demás ante nuestros sentimientos y cuáles son las elecciones que podemos hacer cuando somos nosotros los que reaccionamos ante los sentimientos de los otros. También aprendemos como leer las alegrías y las tristezas. Los sentimientos son como un sexto sentido que orienta nuestra vida. Cuando se distorsiona este sexto sentido, se distorsiona la percepción de la vida. Y generalmente esto ocurre desde la primera infancia: si mi papá dice que soy una nena caprichosa cuando quiero o siento algo, entonces empiezo a dudar de lo que siento y a desconfiar del mundo exterior. Ante la angustia que nos produce lo que nos hacen, creamos diversos mecanismos de defensa, como la negación, la indiferencia, la transformación en lo contrario, etc. Y la vida nos va poniendo zancadillas, repitiendo las mismas historias acta que lo resolvamos. La indiferencia es el escudo que más utilizamos para protegernos del daño emocional y las agresiones a nuestra autoestima que recibimos de los demás. Para no sentir el dolor nos colocamos este escudo pero haciéndolo también negamos nuestros verdaderos sentimientos nos insensibilizamos e inconscientemente acumulamos rencor. La mejor manera de protegernos es confrontar la acción, aceptar lo que a uno le duele, hacerlo notar, y poner límites, los que no deben ser confundidos con agresión. El propósito de enojarse es mostrar el dolor, para que de este modo, comience a disolverse. Cuando uno agrede, está tapando el dolor y no dialoga con el otro. Por otra parte justificar al otro está bien siempre que no nos olvidemos de lo que sentimos nosotros.
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