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Sumergirse en el mundo del corazón, es como penetrar en un laberinto de complejas sensaciones que tergiversan, tanto lo que el hombre siente en realidad en su yo más interno, como las emociones que está percibiendo provenientes del mundo que lo rodea. El corazón funciona como un órgano autónomo, que independientemente de la voluntad de la persona, de su comprensión de las cosas que le ocurren, genera una serie de sentimientos de acuerdo con su propio mecanismo de funcionamiento. Al corazón no se le puede pedir que razone, de la misma manera que no se le puede pedir que escuche al cerebro. Al corazón no se lo educa con conceptos, sino con las emociones. Una persona que ha crecido en medio de los suaves efluvios del amor, aprenderá a emanar estas mismas emociones, pero un corazón forjado en la fría indiferencia no podrá hablar con el lenguaje del cariño. El corazón, es uno de los órganos que más influye en la colaboración de las percepciones externas. A medida que crecemos, la percepción del mundo, empieza a ser cada vez más particular, más propia de nosotros, va siendo coloreada con nuestra propia personalidad. Así por ejemplo, la misma tarde puede parecer hermosa para un corazón alegre y abierto o resultar deprimente y triste para un corazón carente de esa libertad. Lo que determina que una persona vea las cosas de una manera o de otra, es su pasado, su experiencia, su manera particular de ver al mundo. Si queremos enseñar a un corazón triste a redescubrir la belleza y la riqueza de este mundo, debemos tener en cuenta que el corazón no entiende con conceptos, sino con el ejemplo, a través de nuestra sonrisa, a través de nuestra mirada y a través de nuestras palabras y gestos. Aprender a pensar con el corazón, implica desarrollar una nueva percepción de la vida y ésta únicamente será posible, a través de un trabajo continuo y consciente de auto observación y control de los pensamientos y las emociones. Nunca es tarde para empezar a educar los sentimientos, pero tampoco nunca es demasiado temprano. Este entrenamiento debe comenzar desde que un niño nace. Resulta casi un deber para los padres, educadores y adultos en general, aceptar el rol preponderante que ocupan en el desarrollo de la inteligencia emocional en los niños. Los padres son los mayores responsables, porque ellos están en condiciones de ayudar a sus hijos a reconocer sus sentimientos. Este reconocimiento constituye la instancia básica, la piedra fundamental del desarrollo de las emociones y por eso nadie mejor que los padres que conocen a sus hijos y pasan muchas horas con ellos, pueden despertar este tipo de sentimiento. El que los padres no sean seres emocionalmente muy maduros e inteligentes no es un obstáculo para el aprendizaje de los niños. Todos los padres tienen un saber emocional del que no son conscientes y que transmiten sin saberlo. De hecho cuando cuidan y consuelan a un hijo que está enfermo, le están enseñando sin decírselo de qué forma aliviar los males de su cuerpo y de su espíritu, mientras tanto, también le está enseñando al hijo sano lo que es la solidaridad, lo que es la comprensión, lo que es el cuidado, en definitiva, lo que es el amor.
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