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Modificando la manera de vernos y deberá los otros y a la naturaleza es posible una transformación real de las miserias del mundo. A medida que crecemos, duele ver el sufrimiento y las carencias humanas, una voz dentro de cada persona se repite a sí mismo, no es necesario! algo está mal! nos desviamos del camino! lo estamos destruyendo! y nos estamos destruyendo!. El autoritarismo, los prejuicios y la intolerancia ante las diferencias, se instalan en cualquier propuesta social, si esto no se trabaja en las personas y en los conjuntos humanos. Hay una idea de las cosas y de las relaciones humanas, que esta incorporada en cada uno de nosotros y si no se opera en ese nivel, recreamos conflictos y divisiones enfrentadas, que generan violencia, miedo y deseo de imponer la propia verdad. Se pueden encontrar herramientas para comenzar el cambio de esta versión interna y generan una integración, desde una mirada más amplia del ser humano, donde su intelecto no es el único recurso, sino que cuenta con otros que lo contemplan. Sin embargo el cambio social parece una utopía y la posibilidad de que recuperemos nuestro ser social en plenitud, en decir nuestro deseo natural de ser con el otro en armonía, se vuelve una fantasía aniquilada por el un individualismo cada vez más dominante, como donde el “sálvese quien pueda” parecer ser el mensaje cotidiano. Cambio de mirada. Es posible cambiar el punto de vista, para que nuestra mirada sobre nosotros mismos, sobre el otro y sobre la naturaleza, recupere una verdad perdida en algún momento de nuestra civilización. Lo primero es desestructurar nuestra modalidad para hacer las cosas, que ya está esquematizada y predeterminada por hábitos y creencias que quizá no sabemos que nos dirigen. El trabajo con nuestra energía desequilibrada por nuestro preconceptos, con propuestas corporales potentes y simples, nos puede devolver el equilibrio perdido sin palabras, lo que impide las resistencias. Es esencial el contacto con la naturaleza: el mar el bosque y la arena, las plantas y los animales, la propuesta de abrirnos a escucharla a dejar que nuestro relax, nos abra a recibir y percibir que cada expresión de la vida, está en vibración, algo que quizás no percibimos cuando estamos en el intelecto, desconectados. Nos sentimos solos porque no latimos al compás del ritmo del planeta. Es maravilloso ver cómo la vivencia de unidad, nos devuelve la certeza que el planeta está vivo, que nosotros somos sólo uno de sus elementos y no tenemos derecho atentar contra él, porque es atentar contra nosotros también. El amor por la vida y la humildad que resurge al sentirse una minúscula parte de la creación, se recupera sin esfuerzo.
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