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Falsas ilusiones de la falsa prosperidad En la sociedad, bienes y servicios se compran y se venden. Y la posibilidad de adquirirlos depende a su vez de nuestra capacidad para ganar el dinero necesario, para generar algo que a los demás le resulte útil o atractivo y por lo cual nos paguen. El dinero es una condición de posibilidad ineludible. Ahora bien, lo que nos importa pensar, es la habitual sobre valoración del dinero, por la cual este instrumento de intercambio, se nos ha convertido en valor fundante y principal de la existencia. Desde una herencia cultural que propone al dominio sobre cosas y personas como hábito principal de la realización humana, hemos llegado a identificar el dinero con el poder y ambos, como pilares principales de la felicidad. Si algo nos atrae de la fama, el otro gran fetiche de nuestra sociedad, más allá de su obvio poder para alimentar el ego, es que trae dinero y poder. Así, dinero, fama y poder se remiten mutuamente y forman la trilogía que agita las fantasías de todos nosotros, miembros de la sociedad contemporánea. Es frecuente la ilusión, de que, una vez conseguido algunos de ellos, los demás tendrán que acudir a la cita y los tres, constituirán la garantía de la felicidad. Sin embargo no es así. Porque dinero, fama y poder, no son más que valores instalados como importantes, pero exteriores en la vida misma y ajenos a lo más íntimo de nuestra realización personal. El dinero Es un instrumento por su valor. Ocurre que centrar nuestra jerarquía de valores en estos tres iconos de la sociedad, implica también concentrarse en conseguirlos como tarea prioritaria. Y no sólo por una razón instrumental todos necesitamos del dinero y es razonable que nos ocupemos de conseguirlo. Lo que no resulta tan obvio es que el dinero termina apareciendo como el sentido mismo de la vida y como condición suficiente de la satisfacción y la felicidad. Con lo cual, de considerarlo un instrumento útil, pasamos a tomarlo como un valor y poco a poco nos va pareciendo razonable sacrificar a la búsqueda de la riqueza monetaria, el tiempo, la energía y la atención que podíamos dedicar a cultivar otras áreas de nuestra existencia como el amor, la pareja, los hijos, los amigos, el goce de hacer lo que nos gusta hacer, la creación y el ocio. De lo que se trata, entonces es de destronar el dinero y también el poder y la fama,de su pedestal. No son valores son instrumentos. Y son instrumentos capaces de ofrecernos bienes y servicios, incapaces en sí mismos de ponernos en contacto con lo viviente, con los sentimientos con lo pensante.
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