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Las grandes altitudes son ambientes difíciles y peligrosos, y su mayor riesgo no proviene del frío ni de los precipicios, ni de la posibilidad de una avalancha de nieve o del viento cortante. El riesgo mayor es la falta de oxígeno. Por esta razón, la capacidad de los seres humanos para adaptarse a las grandes alteara desde hace mucho tiempo es un tema de interés particular para los fisiólogos. Hasta hace relativamente poco se pensaba que seis mil metros era el límite para la supervivencia humana. Sin embargo, en 1978 dos escaladores europeos alcanzaron la cumbre del monte Everest (8.848 metros) sin oxigeno adicional y esto hizo que surgieran nuevos interrogantes acerca de la adaptabilidad fisiológica. Tres años después, una expedición médica al Everest partió con el objetivo de reunir los primeros datos acerca del funcionamiento fisiológico humano por encima de los seis mil metros. Este equipo incluía seis alpinistas con experiencia en el Himalaya, un grupo de seis científicos alpinistas, todos ellos médicos con mucha experiencia en escalar e interesados en la fisiología de las grandes alturas y ocho médicos que trabajaron en el campamento de base a 5400 metros y en un laboratorio a 6300 metros. Los miembros de la expedición pudieron efectuar mediciones a alturas superiores a los 8000 metros sobre ellos mismos, que incluyeron el registro continuo de la actividad eléctrica del corazón y la obtención de muestras de gases en los alvéolos, aun en la cumbre misma, que fue alcanzada por dos de los científicos alpinistas. La supervivencia a esta altura extrema depende en gran medida de la hiperventilación, o sea, la respiración extremadamente profunda. También hubo cambio en el metabolismo y en la función cerebral. A 6300 metros hubo una pérdida sorprendente del peso corporal, dos de los miembros de la expedición perdieron 15 kilogramos cada uno. La concentración de la hormona toroide, que eleva la tasa de la respiración celular, se incrementó con el aumento de la altura. Asimismo, se elevaron los niveles de noradrenalina, un compuesto que funciona en el sistema nervioso como hormona y también como transmisor. El aprendizaje verbal y la memoria de corto plazo, medidos por pruebas estándares, declinaron a grandes alturas, pero se normalizaron un año después. En una prueba sencilla de función cerebral, los 16 hombres mostraron una disminución en la velocidad de tamborilear con los dedos. En 15 de ellos esa anormalidad persistió aun después de la expedición, y en 13 todavía persistía un año después. En suma, a pesara de las notables adaptaciones de las cuales es capaz el cuerpo, las altitudes extremas tienen efectos fisiológicos profundos y, en algunos casos, permanentes. La cúspide del monte Everest está muy próxima a los límites de la supervivencia humana.
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